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la caza del hombre desnudo
03/05/05
A Alejo Carpentier
-¿Aujourd’hui? –preguntó a la hermosa francesa de labios carmín-Guerlain-Teresa de la Parra y ojos grandes de abanicantes pestañas repletas de rizos oscuros.
Tan espectacular antillano de complexión atlética sonrió al oírla decir que si. El moreno surfista, con sus rizos de rastafari que le colgaban a la espalda, se sintió satisfecho por su conquista.
La francesa lo miraba arrobada porque la invitación era para el hotel donde la delegación de jinetes de las olas pernoctaba durante los días que durara el encuentro internacional de surf y body –board en todas sus modalidades.
Quedaron en verse en el último kiosco de los jardines del Complejo Hotelero, a las ocho de la noche, cuando el esposo de ella –un aburrido hombre de negocios- se uniera a sus consocios del Resort para la Junta Anual de Estúpidos con Muchos Euros en los Bancos Suizos.
Mientras estuvo en el sauna, y luego en el spa haciéndose la mesoterapia y el lifthing, no dejaba de pensar en el morenazo caribeño que conociera en la playa. Se imaginaba, con detalle, en los brazos del negro cuando este le hiciera el amor en todas las posiciones imaginadas y por inventarse. Temprano había despedido a los amigos, al quiropráctico y hasta la manicura. Se vistió, peinó y maquilló con esmero para su encuentro furtivo.
A las ocho, puntual, el antillano la esperaba muy cerca de las palmeras. Se besaron con tremolante ferocidad y después él, tomándola por la cintura, la invitó a caminar por los alrededores.
La francesa estaba encantada con la experiencia. Bastante lejos del paradisíaco Resort, Michele la condujo hasta una inmensa piedra oblonga y plana que les serviría –intuyó ella- de cama. Allí la recostó y luego llegaron Henry y los otros. La amarraron desde el cuello hasta los tobillos y se inició la ceremonia.
Michele, el hougán, surfista y rastafari, reía contento porque sacrificaba una mujer blanca a sus dioses, las divinidades del Vudú…
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